SALERES EN 1502: EL PUEBLO NAZARÍ ESCONDIDO ENTRE ACEQUIAS, HORNOS Y MORALES

Hay pueblos que no solo se leen en sus calles actuales, sino también en los documentos antiguos. Saleres es uno de ellos. Hoy lo vemos como un pequeño y hermoso pueblo blanco del Valle de Lecrín, recogido entre bancales, acequias, naranjos, silencio y memoria. Pero si retrocedemos más de quinientos años, hasta comienzos del siglo XVI, aparece otro Saleres: una alquería nazarí viva, agrícola y organizada, llena de nombres árabes, pagos de riego, hornos, mezquitas, rábitas, huertas, viñas, olivos, morales, higueras, albaricoques y caminos.

Un Saleres que casi había quedado oculto bajo la historia.

Y, sin embargo, en 1502, poco después de la conquista cristiana y de la conversión forzosa de los mudéjares, alguien dejó escrita una relación de sus bienes habices. Gracias a ese documento podemos asomarnos a una imagen valiosísima: la de un pueblo nazarí que aún respiraba a través de sus acequias, de sus hornos y de sus árboles.

¿Qué eran los bienes habices?

Para comprender aquel Saleres de 1502 es necesario entender primero qué eran los habices. Del waqf árabe , eran bienes piadosos dentro de la sociedad musulmana. No se trata de propiedades privadas sin más, sino de tierras, casas, hornos, árboles, aguas, tiendas o edificios destinados a sostener fines religiosos y sociales.

Con ellos se mantenían mezquitas, rábitas, alfaquíes, escuelas, lámparas de culto, así como a pobres, viajeros o estudiantes. También financiaban fuentes, aljibes, caminos o puentes. La fe, por tanto, no se limitaba al interior de una mezquita: podía estar en una haza de riego, en un moral, en un olivo, en una viña o en el horno donde el pueblo cocía su pan.

Por eso, al leer los habices de Saleres no encontramos solo un inventario de propiedades, sino la vida cotidiana de toda una comunidad: cómo se organizaba, de qué vivía, quién rezaba, quién enseñaba, quién regaba y quién trabajaba la tierra.

Saleres en la taha de Alaclín

En época nazarí, Saleres formaba parte del Valle de Lecrín dentro de la taha de Alaclín, en una zona estratégica entre Granada, la costa, Sierra Nevada y la Alpujarra. Aunque el valle aparece citado en diversas fuentes medievales, durante mucho tiempo las noticias sobre sus pequeños núcleos fueron escasas.

Por eso, el documento de 1502 resulta tan valioso: permite reconstruir la vida concreta de un lugar que apenas figura en las grandes crónicas. Saleres no era una capital ni una fortaleza célebre. Pero era vida: una alquería con casas, caminos, agua, hornos, tierras, árboles y memoria. Y precisamente por eso su historia resulta aún más cercana.

La mezquita y sus bienes

En el centro espiritual de aquel Saleres estaba la mezquita. Antes de su transformación tras la conquista, había sido el corazón religioso de la alquería. A ella estaban vinculados diversos bienes: tierras de riego, olivos y otros recursos que generaban renta o alimento.

La mezquita no era un edificio aislado, sino profundamente integrado en el paisaje. Sus bienes estaban repartidos por los pagos; sus olivos proporcionaban aceite para las lámparas; sus tierras sostenían el culto.

En aquel mundo, una lámpara encendida podía depender del aceite de un olivo concreto; una oración, de una viña; una enseñanza, de una renta agrícola. Los habices revelan así una realidad en la que lo religioso, lo económico y lo social formaban una única red.

El alfaquí: guía y hombre del pueblo

El documento menciona también los bienes del alfaquí de la mezquita. Figura esencial en la comunidad, no solo ejercía funciones religiosas: enseñaba, interpretaba la ley, guiaba a los vecinos y conocía en detalle las tierras, las acequias y los usos del lugar.

Aunque no conocemos con certeza su nombre, aparecen asociados a estos bienes nombres como Aluzeraq o Alazeraque. Entre sus propiedades se citan una casa con huerta, tierras de riego y de secono, viñas, olivos, higueras, albaricoques, un limonero, morales e incluso un horno.

Esto muestra que no vivía apartado, sino plenamente integrado en la vida del pueblo. Su función espiritual estaba unida a la economía diaria. Rezaba y enseñaba, pero también conocía cada haza, cada acequia y cada árbol.

El horno: corazón cotidiano

Uno de los elementos más evocadores del documento es el horno vinculado a los habices del alfaquí. En las alquerías nazaríes, el horno era una pequeña industria esencial: allí se cocía el pan y se preparaban otros alimentos.

Pero era mucho más que un lugar funcional. Era encuentro, conversación, vecindad. Era el olor del pan, la espera, las manos trabajando la masa, la vida compartida.

En el Saleres de 1502, este horno formaba parte tanto de la economía religiosa como de la vida cotidiana. Era, de cierto modo, uno de los centros silenciosos del pueblo.

Acequias y nombres antiguos

El documento conserva nombres de pagos como Hauc Adar, Daya, Cadah, Biniar, Guazta, Gued o Quichar. Muchos nos llegan deformados por la transcripción castellana, pero mantienen su fuerza: son nombres de agua, de bancales, de caminos y de memoria.

Las acequias, como la del pago de Gued, recuerdan algo esencial: sin agua no se entiende Saleres. El agua organizaba la tierra, determinaba su valor y sostenía la vida agrícola. Cada acequia era una línea de civilización; cada turno de riego, una forma de equilibrio.

Morales y seda

La presencia de morales en los bienes del alfaquí apunta a la producción de seda, una de las riquezas del Reino de Granada. Sus hojas alimentaban al gusano de seda, y su cultivo implicaba un trabajo delicado y familiar.

Saleres no era solo un pueblo de olivos y viñas: también participaba de ese paisaje sedero. El moral era, a la vez, recurso económico y huella cultural, un árbol ligado a una memoria que perduró durante siglos.

Olivos, luz y alimento

Los numerosos olivos mencionados cumplían una doble función: alimentaria y simbólica. Proporcionaban aceite para la cocina, pero también para iluminar la mezquita.

Así, la luz del culto dependía directamente del trabajo agrícola. La cadena era clara: el árbol, la tierra, el agua y las manos humanas sostenían la vida espiritual.

Un paisaje agrícola diverso

El documento menciona viñas, higueras, albaricoques, limoneros, almeces y parras. Todo ello dibuja un paisaje variado y bien adaptado al entorno: un mosaico agrícola donde cada cultivo tenía su lugar y su función.

No era una economía simple, sino rica y diversificada, profundamente conectada con el medio.

El Honorario del Guazta

Entre los datos más conmovedores aparece el Honsario del pago del Guazta, un lugar de enterramiento. Este detalle introduce otra dimensión: la de la memoria humana.

Bajo esos nombres no hay solo tierras, sino generaciones que vivieron, trabajaron y fueron enterradas allí. El paisaje no era solo productivo: también era un espacio de recuerdo.

Un mundo que cambia

Tras la conquista, Saleres pasó a integrarse en la nueva organización cristiana como año de Restábal. Las mezquitas se transformaron, los habices cambiaron de función y los nombres comenzaron a castellanizarse.

Pero en 1502 aún se percibe el latido del mundo nazarí.

El pueblo que permanece

Saleres era entonces una alquería compleja, donde todo estaba conectado: agua, tierra, árboles, economía, religión y comunidad.

Por eso, al pasear hoy por sus calles, no vemos solo un pueblo blanco. Bajo esa imagen permanece otro Saleres: el de las acequias, los hornos, los morales y los nombres antiguos.

La historia no siempre desaparece.

A veces queda dormida en un documento.

Y, siglos después, vuelve a hablar.

Fuente Facebook: Miguel Angel Molina Palma

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